domingo, 25 de marzo de 2012

Sic transit gloria mundi

Me van a permitir que les haga una confesión: este privilegio que hoy disfruto -el de pregonar a la Calle Real- más que un deseo propio, era el de una persona que, desgraciadamente, no ocupa butaca alguna de ese patio en el que yo mismo me senté a deleitarme la pasada Cuaresma, escuchando a ese magnífico poeta que es Francisco Javier Cansino, junto a mi -entonces- embarazada mujer Pilar. Sin embargo, está presente junto a mi porque, pese a que a su reloj se le acabó la cuerda y se tuvo que marchar donde acaba el Camino de los muertos, he querido que esté, físicamente representada en esa instantánea que, cada vez que tenía que porfiar sobre los colores de su prole, sacaba con un punto de soberbia y orgullosa. Ese sueño, el de ver a alguien de su sangre puesto aquí en pie, con sus garabateados folios, proclamando lo que viene, era el de una chorreona llamada Carmen Navarro Cansino, mi abuela y, de verdad de la güena, mi espejo en muchas cosas. Si estoy aquí, venciendo una timidez que pocos piensan que tengo, habiendo dejado muchas noches de este pasado invierno en el empeño, recordando sus sabias palabras para hacerlas mías, mirando embelesado todo nuestro santoral, buscando lo que no tengo dentro, porque ni soy Lorca, ni Alberti, ni Machado y solo sé, colocar con un decoroso orden las palabras, si estoy aquí, reitero, es porque sé, que desde esa imagen me mira sonriendo porque ella sabía que lo haría bien, tal era la confianza que me tenía y me sabía infundir, y porque fue un capricho que, como ser bisabuela, juré sobre lo más sagrado le iba a dar alguna vez.
Desde esta privilegiada atalaya, se han dirigido al exigente auditorio que conforman ustedes, dieciséis personas previamente que, desde José María Salvador Perales Marco en el noventa y seis, hasta servidor este mediodía, han desmenuzado todos los aspectos de un evento que nos condiciona la vida hasta el extremo que hay quien no cuenta almanaques, sino carteles de Semana Santa. Estoy convencido que, cuando pasen varias lunas, el frágil sonar de mi voz será tan pasado como lo fueron las suyas. Sic transit gloria mundi. Así pasa la gloria del mundo. Tomas de Kempis en La imitación de Cristo, siglo XIV. Por eso, quiero solicitarles, pedirles, rogarles, como prefieran, perdón por adelantado. Mi humilde prosa no estará jamás a la altura de los bellos versos de María Reyes Ramos Mantis, ni de Carmen Tovar, ni de Amanda Pastor Bueno. Lo que les diga, jamás tendrá la hondura de lo que les dijo Teófilo López Calderón, Basilio Cansino o Antonio Ortiz Vargas. Lo que pueda haber escrito y me hayan dictado los ángeles, nunca podrá tener tanta profundidad como lo que escribieron Francisco José Alvarez o Jesús Rodríguez. No podría ni ser aguador de gente como José Luque Carmona, Manuel Goncet Mateo o Manuel Carmona y, por culminar, mejor que lo hicieron aquí José Santiago Cansino, Juan Romero Mena-Bernal o José Manuel Rodríguez, pueden dar por descontado que es imposible que lo haga el menda. De todos ellos sería cirineo si acaso. Abrieron el capote de su lírica con el mismo arte que lo hace Morante. Y como el empeño es vano, solo me queda aplaudir y sentirme pequeño, reconocer su categoría y pedirle a las musas que me manden inspiración de la suya, por ver si estoy a la altura y aunque haya sentido sus mismos miedos e inseguridades, aunque haya soñado que no venía nadie, aunque me haya despertado sobresaltado pensando que no tenía nada con lo que presentarme, aunque también haya estado bloqueado y sin saber por donde meterle mano, sé que sus Pregones siempre superarán al mío.
Dicho esto, aclarado este particular, me van a dar dos licencias más. La primera: dar las gracias a este Hermano Mayor y a su Junta de Gobierno, por poner el Pregón en la Iglesia en vez de en el Teatro. Nunca habrá escenario más bello que el que se coloque delante de un altar. Jamás una fotografía superará a la imagen original. La segunda: Quiero empezar la lectura de esta carta del cielo, que se titula Celeste de la Calle Real, con unas palabras a ella, a la culpable de que, aún no tengo ni idea como, haya sido capaz de levantarme, vestirme con un traje con corbata y puesto aquí a cumplir su sueño porque, con inapropiada tardanza, voy a cumplir mi palabra, la que le di antes de que hiciese mutis, donde sabe que volveremos a reunirnos espero que, con mínimo, los ochenta y nueve años que se quitó de en medio.
Carmelita:
Aquí tienes tu pregón
ahí abajo, tus bisnietos
y vestío de nazareno
tras Jesús el galileo,
tras su túnica morá
hasta que lo reclame
el cielo,
a tu hijo el niño chico,
siguiéndolo en silencio.