domingo, 25 de marzo de 2012

Será en la Madrugá



Tres golpes secos en el metal del cancel de la Purísima. Roma, como cada año, vendrá a cumplir su injusta sentencia. Será en medio de la madrugá, en un sepulcral silencio y el frío relente mojará las aceras. A Jesús le leerá su condena un centurión y una legión se lo llevará a cumplir su castigo. Será escoltado por una larga hilera, de penitentes vestidos con capirotes de raso morados y túnicas de terciopelo negro, anudadas con cíngulo dorado, que iluminarán las calles con minúsculas candelas que saldrán de la cera de sus cirios. Un año más, el galileo cargará con el pesado madero sobre un hombro, que intentarán vanamente aliviar todos los chorreones. En su rostro, podremos notar el sufrimiento y la pena, la tristeza y el dolor. El oro de sus tres potencias, se confundirá con las tenues luces de un amanecer que lo sorprenderá en las calles, de una Castilleja que llorará mientras recita una plegaria por quien vive entre nosotros. Se abrirá parsimoniosamente la puerta, chirriarán los pesados goznes y, desde el fondo, desde su interior más sagrado, saldrá despacito su paso con el mejor y más sentido esfuerzo de sus hijos. Aquella niña a la que cantaron Diego y su hermano Miguel, rezará con fe a su Cristo agarrada a la reja. Ríos de lágrimas caerán por sus mejillas y no habrá pañuelo capaz de enjugar tanto llanto, tanta lástima, tanta pena. El ritual intuido después de tantas esperas fallidas, se pondrá en marcha, por fin, en un piso de la Cooperativa, donde la abuela dará con orgullo besos, a un nieto al que acaban de vestir su padre y su madre... y al que lleva instruyendo secretamente miles de lunas. Bajará las escaleras del tercero, se colocará con parsimonia su antifaz en el portal y encaminará sus pasos a la gloria con veinticuatro años, pero la ilusión de un chiquillo al que -desde una foto que siempre estuvo en su cartera- Ecce hommo protegió en los sombríos cerros de un cuartel de Constantina, en tenebrosas guardias de un Centro Táctico de Telecomunicaciones que ETA quiso dinamitar, en cada volantazo dado con un microbús lleno de gente y mucho disco de tacógrafo pintado. Por fin se dirá, el antaño nazareno de la Estrella. Por fin pensará, mientras el cuero de sus zapatos suena junto a la puerta del Bar de Fernandito. Por fin, por fin... mientras quedan a su derecha los cierres de Abelardo y de Pepe el gordo. El corazón latirá desbocado en su pecho cuando ponga -el izquierdo por delante- sus pies en la primera parte de la Calle Real, que es recorrido oficial del camino al Calvario del penitente, en la esquina del Mesón Los navarros. Saludará, sin que ella lo reconozca obviamente, a Carmela la del Convento, desde la senda contraria. Aproximará su ser a su sitio. Se abrirá paso entre la muchedumbre y, con nervios de una niñez ya olvidada, mostrando su papeleta recogerá su luminaria y se colocará en su lugar. Entonces, girará su cuerpo y sin hablar con la voz, se dirigirá a aquel que siempre lo tuvo por uno de los suyos y, sin despegar los labios, dirá para sus adentros: Aquí Señor, aquí me tienes. Junto a ti. Siempre tuyo, para ti entero. Para engordar tu fila. Nazareno del Gran Poder de la Calle Real. Lo más grande del mundo.
Y a las tres de la mañana
contendrá el escalofrío,
cruzará el dintel de su casa,
se aproximará al gentío.
Y escuchará una saeta:
¡Silencio!
¿Silencio Dios mío?
¡Silencio!
que aunque el pueblo soberano
haya preferido a un bandido,
el que está en la calle
es el mejor de los nacíos.