domingo, 25 de marzo de 2012

Desde los orígenes



Vienen, dejando en espera, las cuchillas del trillo que dejaran la parva dispuesta para la avienta, los habitantes de una Castilleja de la Cuesta antigua o ancestral. Las tierras del camino, molido de tantas pisadas de bestias y de tantas rodadas de carro, aún no queman los cascos de sus mulos. Por las mismas polvaredas va llegando, de un tiempo ya pasado, don Gonzalo de Mena, arzobispo de Sevilla que, cediendo a los religiosos de la Orden Tercera de San Francisco, la ermita situada en la Calle Real, dio origen a nuestra Hermandad. Lo acompañan, con sus inconfundibles hábitos, unos frailes que preceden a Hernán Cortés, que se fue musitando una plegaria a su amada Conchita, a escasos metros de la misma, con la única compañía, luego de poner México en la lista de posesiones de la Corona, de un caballo que aún reposa cerca en el Convento; que era tan devoto de la Patrona, que mandó explorar el Pacífico, en diciembre de 1533, a una nave a la que bautizó como Concepción.
Su Santidad Gregorio XIII, que agregó la cofradía a la Archicofradia del Santísimo Crucifijo de la Iglesia de San Marcelo de Roma, preside en compañía de Paulo V, que concedió indulgencia plenaria y perpetua, a quienes visiten la Iglesia Parroquial; como Urbano VIII. Junto a ellos está el Papa Clemente XIII, que expidió el breve que proclamaba Patrona de España y de las Indias a la Purísima y, claro está, Pío nono, que proclamó el Dogma de la Inmaculada en mil ochocientos cincuenta y cuatro y que, como curiosidad, da su nombre al dulce típico granadino, nacido como no podía ser de otra manera, en la Calle Real... pero de Santa Fe.
Vienen don Francisco Hurtado, mayordomo de la Cofradía de la Concepción y don Sebastian Leal, maestro escultor de Sevilla o, por más abundar, quien encargó la realización de un Cristo resucitado y quien lo ejecutó. Un poco más atrás, con las manos entrelazadas y mirada serena, el Reverendo Fray Simón Castellano, fundador, en la Parroquia, de la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario. Tras él, don Marcos Álvarez -que ya en 1673 teníamos Álvarez entre nosotros, porque no podía ser de otro modo- y su esposa María Sánchez de Aparicio, que donaron un ostensorio para comenzar a enriquecer el ajuar, de la Hermandad con más patrimonio de toda la comarca. Y digo con más patrimonio, porque sonaría pretencioso y falto de la elegancia que caracteriza a la misma, decir con mejor o más rico, que son realidades indiscutibles, para todo aquel que se ha aproximado a estudiarlo con conocimiento, precisión, rigor y objetividad, como lo ha hecho, sin ir más lejos, nuestro vecino Juan Prieto Gordillo, que algo más que servidor sabrá de este particular.
Mi tocayo Miguel -nombre que será de importancia capital en la Historia y que se repetirá, incontables veces, cada una de las seis centurias de vida que han discurrido ya- Tirado, en esta ocasión, maestro de albañilería o arquitecto, que más da, lustroso y con ropas de domingo, también se ha incorporado a la bulla. Viene con Juan Pacheco, quien fuese Alcalde de la Hermandad y con el Marqués de Monteflorido, don Pedro Estefanía, ejecutor y bienhechores de la primera reforma conocida en nuestro templo. Preceden a otro Marqués de Monteflorido, Don Felipe de Seargeant, que casi un siglo después, cedió su Hacienda San Rafael para cobijar a la Virgen mientras se construía otra Iglesia para la indiscutible Señora de esta Villa, a la que colmaron de presentes Miguel Martínez y mi primer antepasado conocido, Juan Pacheco Navarro, con lo que, opino, deben quedar zanjados los malintencionados rumores sobre mi filiación religiosa pues, desde que en el año del Señor de mil setecientos sesenta y seis, el apellido se ligó a la Calle Real, comenzó a correrme por las venas, como sello indeleble, el color chorreón aun sin haber nacido.
Fernando VII, el peor de los muchos Borbones que nos han gobernado, también viene pues, de pleno derecho, luego de donar un cáliz, es miembro de la cofradía. Hará dos siglos de esto en apenas dieciséis calendarios. Con él, descendientes suyos más queridos, como el Infante Don Carlos, que presidió la salida extraordinaria de la que concibió sin pecado, pura y limpia, organizada con motivo del Congreso Mariano de Sevilla, en el año veintinueve del pasado siglo o sea, el año de la primera Expo y cuya tristemente fallecida hija, doña María de las Mercedes, estudiaba en este mismo lugar, por lo que no es aventurado suponer, más de una vez se arrodillaría ante nuestros titulares e, incluso, más de dos y de tres, tendría en su pensamiento nuestro maravilloso... pueblo. Así, elucubrando, podría llegarse a la conclusión que su Hijo y nuera, nuestros actuales Reyes, ya tenían conocimiento de que el Hijo de Dios vive aquí, entre nosotros, cuando por una de esas casualidades de la vida su coche llegó a los pies de Jesús el nazareno, para que Pepito Pilar hijo (se puede mandar mejor Embajador) se arrimase con una medalla y una vara al cristal, y los invitase a unirse a la devoción, como contó orgulloso, una vez en la zapatería de mi primo Antonio, cosa que hicieron más que gustosamente, según añadió, a la altura de lo que hoy es la confitería de Upita de los Reyes y, en aquellas fechas, unos futbolines. ¡Casi na! Señoras y Señores, el introductor y el kilómetro cero, del amor de estos monarcas, don Juan Carlos I y doña Sofía, a nuestros titulares.
Mas no acaba ahí la retahíla de personajes que bajan de la gloria. Viene también un Cardenal, el del pueblo grande al que bajamos a ver, un sucedáneo de Semana Santa, para entretener la espera hasta la verdadera Madrugá, la de todos los que aquí estamos esta mañana. Es don Francisco Javier Cienfuegos. Escolta a la púrpura presencia don José de Oliver y es que, estos dos pro-hombres, pusieron el parné que faltaba para rematar, hace ciento setenta y ocho primaveras, el templo que nos ilumina.
En animada tertulia, arropados por su mayordomo, por su ama de llaves y por un ejército de doncellas, fregonas, lacayos y servidumbre varia, se hacen notar los Duques de Montpensier, que crearon el Downton Abbey local, que mutaron la arquitectura autóctona, adquiriendo y remozando una finca y transformándola en Casa-Palacio, que se enamoraron de la Niña de los tirabuzones y la colmaron de amor y de presentes, que fueron dos chorreones más. Gumersindo Jiménez de Astorga y José Marín Oliver, maestro imaginero y Alcalde respectivamente, los secundan en idéntica actitud. Seguramente vendrán platicando de la nueva talla de la Inmaculada, la que sustituyó a la anterior que quedó desfigurada en un desdichado accidente. En el mismo plano, viene José Rodríguez, donante de la Virgen de los Dolores. Vienen José San Juán Navarro y Carlos González Eiris, que restauraron la Inmaculada. Viene el Reverendo Padre capuchino Fray Ambrosio de Valencina, que predicó en la función de mil novecientos diecisiete. Viene doña Carmen Núñez Rodríguez y el Arzobispo hispalense don Enrique Almaraz. Una donó fondos y el otro inauguró la nueva bóveda de lo que en origen fue ermita. A este último, lo acompaña otro Arzobispo, don Eustaquio Ilundáin, que bendijo la capilla sacramental donde se venera al Señor que todo lo puede.
En el siguiente tramo de históricos, de lo que es procesión de ánimas benditas, encabeza nada más y nada menos que un Conde, el de Romanones o lo que es igual, don Álvaro Figueroa y Torres, Hermano Mayor Honorario. Va hablando con los propietarios de la Hacienda Santa Bárbara, donde hoy está el precioso hotel de mi amigo Pepe, que es tan chorreón que vende peras azules y tomates celestes. Son Ruperto de los Reyes y su señora, Encarnación Cansino, camarera per secula seculorum, de la Santísima Virgen.
Atractivo e imponente, desde la perfecta altura de su negra estampa, vestido con smoking blanco, pantalón y pajarita oscura, viene sonriendo el tío de mi suegro, Antonio Machín. Son sus guardaespaldas, angelitos de un color que fue cantado, hasta la extenuación, en la Velá de julio. Gilda, a la que aquí conocemos como Margarita Carmen Cansino y en Estados Unidos como Rita Hayworth, lo sigue junto a su padre, un bailarín que con un hatillo y una maleta llena de bizcochadas, bajó la Cuesta del Caracol para teñir de añil la Gran Manzana.
Enrique Majó, que no tuvo más remedio que ceder su nombre en el callejero a Jesús del Gran Poder, viene parsimoniosamente y con la solemne compañía, de todos los abogados y boticarios de la Magna Hispalis pues, sus ilustres colegiados, son Hermanos Honorarios como todos debemos recordar.
Los hermanos costaleros que, en el setenta y nueve, se atrevieron a sacar los pasos y que ya se han ido, traen bajo el brazo sus costales y la faja relía. Los osados que, en el ochenta y cinco, pusieron sus plumas al servicio del boletín decano de esta colección de calles y personas y que, como los anteriores, ya escriben desde el cielo que cada mañana Dios, nos pone sobre las testas, han dejado las viejas olivettis y el papel de calco, para sumarse al alboroto y subirse a un autobús de la Cooperativa, que está aparcado junto a la portería de San Pedro, y que ha empezado a tocar el claxon para que vayan espabilándose los más rezagados.
Ya están montadas las más madrugadoras, con Roque el de los huevos.
Enriqueta, la madre de mi amiga Concepción la carnicera y La O de los Reyes, departen sobre la banda que este año tocará tras el paso de palio. Se han acomodado en las dos primeras butacas como no podía ser menos. José Cuesta y Pinto el viejo, al que se le ha quedado nombre de escultor del Barroco, que están junto a la puerta delantera, repasan la lista de los que se han apuntado y tachan a los que van arribando. Pepe el de la bodega y mi querido nene Veloso, discuten sobre la ruta que hay que coger y, sobre todo, sobre la venta donde sería mejor hacer la parada para el avituallamiento ¡También le hace falta un GPS de esos modernos, a estas dos enciclopedias de la carretera! Se les suman Canela y Pepe Valencia, quienes se han tirado un rato calentando las voces, para deleitar al respetable con una de sus saetas y Diego, de los Hermanos Reyes, que está cantiñeando aquello de "Madrugá del Viernes Santo" mientras limpia los cristales de sus gafas. Concepción Navarro y su marido El moreno, se bajan del taxi y sacan del maletero, dos neveras celestes llenas de botellines de Cruzcampo helada. Este último saluda a su hermano Ramón, que está escuchando la crónica del Betis en la radio, acompañado de su otro hermano, Antonio, que está nerviosito perdío porque se muere de ganas, de ver que traje de flamenca le ha hecho su hija Yolanda a sus dos nietas, para que marquen estilo a caballo, el Domingo de Resurrección cuando entren por el arco. En un viejo Ford fiesta, viene Joselito el puya con mi abuela Carmelita Navarro. Preguntan por su hermana Lola y por su cuñado Luis.
-"Ya están en el autocar con Manolito el zapatero, que está hablando con Francisco el municipal, padre de nuestra antigua Alcaldesa, seguramente, de cosas de la Policía" les contestan.
La Montañesa, Manolita la peluquera y La sevillana, cierran los portales de sus comercios y corren los cerrojos. Ellas también van a bajar. En El baulillo los más tempraneros, que se han tomado la copita de coñac para matar el frío mañanero, pagan sus cuentas con reales, pesetas y duros.
Suena otra vez el pito del coche de línea.
Tortosa el del taller y Rogelio el chofer, miran con ilusión desde su ventanilla, hacia la antigua Castalla. Por el pasillo Santi, vende su lotería y tras él, don Manuel Cansino el médico, ofrece biodramina para el mareo. Carmelita y Teresa, hermanas de nuestra entrañable Reyita, contestan con gracia:
-"¡Yo de la Calle Real!" a un guasón con ganas de pique, que se ha colado en la camioneta equivocada.
En las butacas de atrás, cogidos de la mano, cuatro novios: Placidita y Manuel Carmona, por un lado y Pepita, con su marido el Matio, por otro. Se preguntan que película les pondrán. Una de indios y vaqueros que estrenaron hace años en el Cine de invierno Rosales.
Simón Sánchez López, "Simón el del vino", vestido al estilo de los indianos de la Cuba colonial, tacha de su libreta, las cajas de manzanilla que están cargándose, para llenar las teteras de la Vuelta. Lo mismo hacen, con el marisco Joselito "el de los langostinos" y, con los dulces, Paco Álvarez, Miguel el de Upita y doña Inés Rosales, que era tan chorreona, que envolvió en parafina con letras azules sus legítimas y acreditadas tortas de aceite; que era tan fervorosa, que ponía a coser túnicas a sus obradoras cuando la faena escaseaba.
Pepito Pilar padre habla con Celsa, que se ha colocado su uniforme de buñolera porque está lampando llegar para ponerse a trabajar. El palmera con Miguelito "el bombero", bajo la atenta mirada de Manolo Lissen.
Se puede ser más chorreón.
Bernardo y Miguel "el torero" porfían sobre como vestir a la Virgen de los Dolores. Carriles y Piculi apuran la calada final, de un pitillo que van a tirar y cuya colilla apagarán de un fuerte pisotón. Mogota, Santiago Cansino y Pepito "el lechero" admiran el brillante lustre de las corazas de los armaos, que vienen en solemne desfile, con Fernando Carmona "el cartero" en medio, bajo cuyo brazo puedo observar con total nitidez un blanco sobre, de enormes proporciones, que tiene escrito mi nombre como destinatario y que van a tener que entregarme en mano, porque la dirección que veo escrita, es aún la del barrio del aguardiente, concretamente la de mi casa de soltero en la Huerta de Locario.

...Y el día en que los chorreones
henchidos de devoción
le piden al Gran Poder:
"Perdona a tu pueblo Señor".
cuando se acerque a la calle
quien por el mundo murió,
si miran hacia la botica,
o hacia el balcón superior.
Si miran hacia el Convento
o junto a su Madre y Dios,
los verán entre el gentío,
como los estoy viendo yo.




Sic transit gloria mundi

Me van a permitir que les haga una confesión: este privilegio que hoy disfruto -el de pregonar a la Calle Real- más que un deseo propio, era el de una persona que, desgraciadamente, no ocupa butaca alguna de ese patio en el que yo mismo me senté a deleitarme la pasada Cuaresma, escuchando a ese magnífico poeta que es Francisco Javier Cansino, junto a mi -entonces- embarazada mujer Pilar. Sin embargo, está presente junto a mi porque, pese a que a su reloj se le acabó la cuerda y se tuvo que marchar donde acaba el Camino de los muertos, he querido que esté, físicamente representada en esa instantánea que, cada vez que tenía que porfiar sobre los colores de su prole, sacaba con un punto de soberbia y orgullosa. Ese sueño, el de ver a alguien de su sangre puesto aquí en pie, con sus garabateados folios, proclamando lo que viene, era el de una chorreona llamada Carmen Navarro Cansino, mi abuela y, de verdad de la güena, mi espejo en muchas cosas. Si estoy aquí, venciendo una timidez que pocos piensan que tengo, habiendo dejado muchas noches de este pasado invierno en el empeño, recordando sus sabias palabras para hacerlas mías, mirando embelesado todo nuestro santoral, buscando lo que no tengo dentro, porque ni soy Lorca, ni Alberti, ni Machado y solo sé, colocar con un decoroso orden las palabras, si estoy aquí, reitero, es porque sé, que desde esa imagen me mira sonriendo porque ella sabía que lo haría bien, tal era la confianza que me tenía y me sabía infundir, y porque fue un capricho que, como ser bisabuela, juré sobre lo más sagrado le iba a dar alguna vez.
Desde esta privilegiada atalaya, se han dirigido al exigente auditorio que conforman ustedes, dieciséis personas previamente que, desde José María Salvador Perales Marco en el noventa y seis, hasta servidor este mediodía, han desmenuzado todos los aspectos de un evento que nos condiciona la vida hasta el extremo que hay quien no cuenta almanaques, sino carteles de Semana Santa. Estoy convencido que, cuando pasen varias lunas, el frágil sonar de mi voz será tan pasado como lo fueron las suyas. Sic transit gloria mundi. Así pasa la gloria del mundo. Tomas de Kempis en La imitación de Cristo, siglo XIV. Por eso, quiero solicitarles, pedirles, rogarles, como prefieran, perdón por adelantado. Mi humilde prosa no estará jamás a la altura de los bellos versos de María Reyes Ramos Mantis, ni de Carmen Tovar, ni de Amanda Pastor Bueno. Lo que les diga, jamás tendrá la hondura de lo que les dijo Teófilo López Calderón, Basilio Cansino o Antonio Ortiz Vargas. Lo que pueda haber escrito y me hayan dictado los ángeles, nunca podrá tener tanta profundidad como lo que escribieron Francisco José Alvarez o Jesús Rodríguez. No podría ni ser aguador de gente como José Luque Carmona, Manuel Goncet Mateo o Manuel Carmona y, por culminar, mejor que lo hicieron aquí José Santiago Cansino, Juan Romero Mena-Bernal o José Manuel Rodríguez, pueden dar por descontado que es imposible que lo haga el menda. De todos ellos sería cirineo si acaso. Abrieron el capote de su lírica con el mismo arte que lo hace Morante. Y como el empeño es vano, solo me queda aplaudir y sentirme pequeño, reconocer su categoría y pedirle a las musas que me manden inspiración de la suya, por ver si estoy a la altura y aunque haya sentido sus mismos miedos e inseguridades, aunque haya soñado que no venía nadie, aunque me haya despertado sobresaltado pensando que no tenía nada con lo que presentarme, aunque también haya estado bloqueado y sin saber por donde meterle mano, sé que sus Pregones siempre superarán al mío.
Dicho esto, aclarado este particular, me van a dar dos licencias más. La primera: dar las gracias a este Hermano Mayor y a su Junta de Gobierno, por poner el Pregón en la Iglesia en vez de en el Teatro. Nunca habrá escenario más bello que el que se coloque delante de un altar. Jamás una fotografía superará a la imagen original. La segunda: Quiero empezar la lectura de esta carta del cielo, que se titula Celeste de la Calle Real, con unas palabras a ella, a la culpable de que, aún no tengo ni idea como, haya sido capaz de levantarme, vestirme con un traje con corbata y puesto aquí a cumplir su sueño porque, con inapropiada tardanza, voy a cumplir mi palabra, la que le di antes de que hiciese mutis, donde sabe que volveremos a reunirnos espero que, con mínimo, los ochenta y nueve años que se quitó de en medio.
Carmelita:
Aquí tienes tu pregón
ahí abajo, tus bisnietos
y vestío de nazareno
tras Jesús el galileo,
tras su túnica morá
hasta que lo reclame
el cielo,
a tu hijo el niño chico,
siguiéndolo en silencio.


Génesis

Hizo el mundo en siete días.
El primero creó cielos y tierra, luz y tinieblas, noche y día. Los cielos, para estar mirando a ellos, toda la larga espera de la tarde del Jueves Santo, para ver si va o no va a llover de madrugá. La tierra, para que la colmemos de criaturas que sepan ver la luz y no las tinieblas. La noche para que hagamos rosarios, salgan la Virgen de los Dolores y Jesús el galileo. El día, para arrancarlo con dianas mañaneras y vueltas señoriales.
El segundo separo agua y cielo.
El tercero, juntó las aguas descubriendo lo seco. A lo seco lo llamó tierra y a la reunión de los mares, agua. La tierra la llenó de hierbas verdes, semillas, árboles y frutos, para poder engalanar los palios con lirios, para que, entre estas, el azahar especialmente, perfumase el ambiente, para que pequeños nazarenos, niñas que estrenan zapatos y vestidos, zagales que se ponen su primera corbata, costaleros que dan su alma y músicos que se desviven por sonar bien, tomasen la tierra y la llenasen de vida. A los mares les puso una orilla de arena fina que se pega a los pies, la llamó Matalascañas, la Antilla, Rota o Chipiona y la llenó de infelices que se van allí a no escuchar cohetes, ni cornetas, ni tambores, a no meterse en los tumultos mejor organizados que existen, a oler sal en vez de incienso, a pasar frío en casas acondicionadas para el calor, a pasear en chándal en vez de con un traje, a aburrirse en suma, porque por la tele también ponen las procesiones y entre medio cine santo, porque esos días no publican prensa, porque no entienden ni entenderán jamás que la tierra es así y que aislándose y no sumándose, quienes más pierden son ellos, porque Él quiso que esta semana, fuese de Pasión, Muerte y Resurrección, pero también de recogimiento y pública celebración.
El cuarto, quiso ayudar a los pregoneros, para que pudiesen escribir sonetos, cuartetas y bellos himnos. Creó el cielo, la luna y las estrellas y así nació la rima. Y de la rima, la poesía.
El quinto y el sexto, se llenó la creación de peces, aves, reptiles, mamíferos y, como el plan ya se había casi concretado, tras hacer la siesta para afinar en plenitud de condiciones, puso sobre este vergel al hombre y a la mujer. Primero trazó una línea en el suelo, entre la naturaleza exuberante, apartando a las bestias. Ahí puso al varón y lo adormiló. Luego, tomando tierra y mojándola, en el rocío de los amaneceres aljarafeños para hacer el más divino de los barros, modeló un simple muñeco al que animó con un soplo, que cuando da calor es Levante y cuando refresca es Poniente. Arrancó una costilla al humano que dormitaba y se la colocó al que hizo de arcilla. Le colocó un traje de flamenca y la mandó junto al hombre, mandándolos descansar porque, para el séptimo día, ese que en todos los Evangelios dice, el Creador asimismo lo hizo, él tenía una idea.
La séptima jornada el arquitecto divino no descansó. No, señoras y señores, hizo una celebración inolvidable y como era la antesala del estío, que es la estación de los más bellos y mejores sentimientos, de los anhelos y deseos cumplidos, del amor y de la locura de los corazones desbocados, la estación que nacen las flores y alargan los atardeceres, la del aire más limpio, la del Sol que más brilla, aprovechó que el patio estaba revuelto e invitó a ella a todas las criaturas. Invitó a los caballos, a los mulos, a los pájaros. Invitó a los florecientes nardos a las rosas y claveles. Por supuesto, al más bello de los miembros del club de la vida: al ser humano.
Y por eso, en la tierra de María Santísima, cuando se produce esta explosión de luz y de color, de amistad y de cariño, se vuelven locos los Hermanos Mayores, los priostes no dan abasto, en las sastrerías te dicen que no pueden arreglarte ni las mangas ni los bajos y, en las cererías ni siquiera se ponen al teléfono, como en las floristerías. Y, donde solo había quietud, sosiego, tranquilidad y paz, comienza un alboroto que se lleva por delante todos los problemas, todas las rencillas, todos los disgustos. Personas de toda condición, de toda procedencia, lloran y ríen de alegría mientras llaman Hermano a un prójimo al que, hasta hace poco, querían comerse. El día roba su tiempo a la noche. Las sinfonías toman avenidas, plazas, callejas y callejuelas. Los costales salen de los más recónditos cajones para servir de morral al resto de hijos de María y José. Y los atriles se llenan de artistas que hablan de la buena nueva, del fallecimiento y retorno del que vive, en todo lo que vemos, olemos, oímos, tocamos y comemos. Y por eso, este humilde junta letras está aquí hoy, intentando explicar con torpes palabras lo que no tiene explicación. Queriendo ser lo que no es. Pretendiendo que ustedes, que saben más que él, entiendan a través de su peculiar jerga, que no es solamente la Primavera la que se ha colado, un año más, en esta ensoñación a la que llamamos existencia: quien ha venido es Dios, para hacerse hombre y dar su mortal cuerpo por todos nosotros. Así que, más nos valdría, tener abiertos los ojos porque puede estar sentado junto a nosotros y ser cualquiera. En el Horno San Buenaventura mientras tomamos café con pestiños. En la bulla que se forma en la salida o en la recogida...
Dios puso el contador del mundo a cero en Primavera y esta, como han dicho todos los que en este escenario me han precedido, se nos ha venido encima no sin aviso, ni a traición, pero sí, con estrépito, para que empecemos a vivir lo que, tras un año esperando ya está aquí, para irse con la misma celeridad que ha venido dejándonos un poso de sensaciones y vivencias.




Será en la Madrugá



Tres golpes secos en el metal del cancel de la Purísima. Roma, como cada año, vendrá a cumplir su injusta sentencia. Será en medio de la madrugá, en un sepulcral silencio y el frío relente mojará las aceras. A Jesús le leerá su condena un centurión y una legión se lo llevará a cumplir su castigo. Será escoltado por una larga hilera, de penitentes vestidos con capirotes de raso morados y túnicas de terciopelo negro, anudadas con cíngulo dorado, que iluminarán las calles con minúsculas candelas que saldrán de la cera de sus cirios. Un año más, el galileo cargará con el pesado madero sobre un hombro, que intentarán vanamente aliviar todos los chorreones. En su rostro, podremos notar el sufrimiento y la pena, la tristeza y el dolor. El oro de sus tres potencias, se confundirá con las tenues luces de un amanecer que lo sorprenderá en las calles, de una Castilleja que llorará mientras recita una plegaria por quien vive entre nosotros. Se abrirá parsimoniosamente la puerta, chirriarán los pesados goznes y, desde el fondo, desde su interior más sagrado, saldrá despacito su paso con el mejor y más sentido esfuerzo de sus hijos. Aquella niña a la que cantaron Diego y su hermano Miguel, rezará con fe a su Cristo agarrada a la reja. Ríos de lágrimas caerán por sus mejillas y no habrá pañuelo capaz de enjugar tanto llanto, tanta lástima, tanta pena. El ritual intuido después de tantas esperas fallidas, se pondrá en marcha, por fin, en un piso de la Cooperativa, donde la abuela dará con orgullo besos, a un nieto al que acaban de vestir su padre y su madre... y al que lleva instruyendo secretamente miles de lunas. Bajará las escaleras del tercero, se colocará con parsimonia su antifaz en el portal y encaminará sus pasos a la gloria con veinticuatro años, pero la ilusión de un chiquillo al que -desde una foto que siempre estuvo en su cartera- Ecce hommo protegió en los sombríos cerros de un cuartel de Constantina, en tenebrosas guardias de un Centro Táctico de Telecomunicaciones que ETA quiso dinamitar, en cada volantazo dado con un microbús lleno de gente y mucho disco de tacógrafo pintado. Por fin se dirá, el antaño nazareno de la Estrella. Por fin pensará, mientras el cuero de sus zapatos suena junto a la puerta del Bar de Fernandito. Por fin, por fin... mientras quedan a su derecha los cierres de Abelardo y de Pepe el gordo. El corazón latirá desbocado en su pecho cuando ponga -el izquierdo por delante- sus pies en la primera parte de la Calle Real, que es recorrido oficial del camino al Calvario del penitente, en la esquina del Mesón Los navarros. Saludará, sin que ella lo reconozca obviamente, a Carmela la del Convento, desde la senda contraria. Aproximará su ser a su sitio. Se abrirá paso entre la muchedumbre y, con nervios de una niñez ya olvidada, mostrando su papeleta recogerá su luminaria y se colocará en su lugar. Entonces, girará su cuerpo y sin hablar con la voz, se dirigirá a aquel que siempre lo tuvo por uno de los suyos y, sin despegar los labios, dirá para sus adentros: Aquí Señor, aquí me tienes. Junto a ti. Siempre tuyo, para ti entero. Para engordar tu fila. Nazareno del Gran Poder de la Calle Real. Lo más grande del mundo.
Y a las tres de la mañana
contendrá el escalofrío,
cruzará el dintel de su casa,
se aproximará al gentío.
Y escuchará una saeta:
¡Silencio!
¿Silencio Dios mío?
¡Silencio!
que aunque el pueblo soberano
haya preferido a un bandido,
el que está en la calle
es el mejor de los nacíos.


Únicas y genuinas: las buñoleras

No están puestas en un altar. No están hechas de madera. No están pintadas en un lienzo. No les han compuesto marchas. No les tocan las campanas. No visten ropas lujosas pero, en sus blancos mandiles, en sus delantales bordados, hay más elegancia que en todas las pasarelas de moda de París, hay más estilo que en todos los escaparates de la avenidas de Madrid y, en el coqueto rincón donde laboran, está Dios más presente que en muchísimas ermitas, porque es amor lo que sale liado en una simple guitita.
Son ellas, las buñoleras, únicas y genuinas, una estampa de otro siglo, una postal viva, un tesoro, uno más, de los muchos que son Patrimonio de la Calle Real. Que no todo es oro, ni brocado, ni labrado.
Dicen que la receta es sencilla y yo digo, que a la vista de todos trabajan para que, quien se atreva, iguale su producto. Dicen que venden aire y yo defiendo, que es arte lo que sale de sus peroles y sus manos. Es más, rotundamente afirmo, que a diferencia de otros, ese manjar artesano, que no entiende de masas, de proporciones, de medidas, que cada vez es distinto para saber siempre igual, que se come con los ojos, hace que el viento alimente y hable con su olor, es perfecto en su bendita irregularidad y, que si probaran los japoneses o los yankees los buñuelos, como pasó con el jamón o el Rioja y, como pasa con el atún, en Castilleja de la Cuesta, no habría suficientes manos para hacerlos, porque nos los quitarían de ellas.
Sin embargo, cuando colgamos medallas y repartimos diplomas, cuando pedimos que rotulen calles y hagan monumentos, siempre nos olvidamos de ellas que, con su callada labor, con su silente esfuerzo, son las mejores Embajadoras de la Hermandad y a mi me da mucha pena, no tener la pluma de Pemán, ni los versos de Romero Murube, ni la gracia escrita de Antonio Burgos. A mi, que solo sé juntar renglones, me causa honda tristeza, no tener las palabras que se necesitan para poner en su lugar, a unas Señoras con mayúsculas, que quitan tiempo a sus familias, porque así se lo pide su corazón; que meten por las puertas unas buenos duros, ahora que más falta hacen; que hacen más chorreones que nadie, porque conquistan por el estómago; que son ángeles que custodian el camarín del Señor y que, si el Gran Poder hablase, como habla en la Madrugá, con las letras que buscó y ahora me acaba de susurrar, les diría:
No me apena ir a la muerte
porque conozco la suerte
que a mi me va a tocar:
Mi túnica la perfumará,
un perol lleno de aceite,
pintao de blanco y celeste...
¡Y en la Calle Real!

Dolores y Macarena






Siempre que vengo a verla a la Iglesia, tras rezarle, me quedo mirándola fijamente y pienso en lo duro que tiene que ser, ver como juzgan y castigan a un hijo, carne de tu carne, sangre de tu sangre, por un delito inexistente, sin pruebas además. Por eso me admira el valor y la entereza de la mujer a la que, con infinitos nombres, adoramos en esta tierra tan de su figura. Porque, a fin de cuentas, María no deja de ser eso, una hembra a la que Dios no deja de poner a prueba. Cuando le manda un ángel a anunciarle que va a parir a su hijo siendo virgen. Cuando la hace dar a luz en un triste pesebre, sin más compañía que la de una mula, un buey y su marido, un honrado obrero pero, y esto se puede afirmar sin faltar a la verdad, un simple carpintero. Cuando permite que ese a quien crió, sea condenado a la pena más lesiva, más terrible, a la crucifixión.
En todos esos momentos no consta -que me corrija nuestro Reverendo Padre aquí presente si no es así- ninguna queja, ningún reproche. Esa persona no interviene, no alza la voz, no se manifiesta, según consta en las Sagradas Escrituras, mas que en una ocasión, en las bodas de Canáa. No lo hace, en cualquier caso, para reclamar nada para sí.
¿Por qué? Porque María es Desprendimiento, Caridad, Amor, Amargura, Esperanza. María es Perdón, Socorro, Amparo. María es Soledad, Sed, Aguas, Paz, Gloria. María es Gracia, Redención. María es Milagrosa, Salud, Tristezas, Penas. María es Desamparo, Angustia, Encarnación, Dulce Nombre. María es Patrocinio, Señora, Guía, Buen Fin. María es Piedad, Remedios, Lágrimas. María es Victoria, Rosario, Valle, Merced. María es Presentación, Aurora y Ángeles, en la Barriada de Nueva Sevilla, a la que espero algún día ir a ver salir otra nueva Hermandad de este pueblo.
Sabiendo todo eso, a mi, que soy de pedirle mucho a los santos, no se me ocurrió mejor mediadora para solicitarle un favor a quien ella portó en su ser, nueve meses, para entregarlo después, con desprendimiento, a la humanidad como brújula. Fui a San Gil una tarde de caló de Agosto. Estuve un rato mirándola a la cara y le solté, con toda la naturalidad del mundo:
-María, tú que eres Madre, échale una manita a mi mujer, para que también lo sea, que no hay cosa que le haga más ilusión y que sabes que se lo merece. Habla tú con Él y dile que te haga caso.
María no contestó -faltaría más- no habló porque, como he dicho antes, en treinta y tres años de vida de su retoño, no lo hizo en demasía.
Actúo que es mejor.
Yo le prometí, que si me concedía eso, la iban a pasear los mejores piropos, las mejores palabras, los mejores versos... Para eso, en mi cartera siempre va, su foto junto a la del Gran Poder de Castilleja.
Lo que no me esperaba era lo que pasó una noche mientras dormía.
Estando ya en cinta Pilar, se me apareció en un sueño la Macarena. Me decía que tenía la pena de no haber estado nunca con su Hermana, a la que pasean en la Madrugá de nuestro pueblo, porque salen el mismo día, a la misma hora, venía con lo mejor de la fila eterna donde hacen estación de penitencia, con zapatillas de charol con hebillas de plata, un puñao de nazarenos de cirio verde. Rodríguez Ojeda y Rodríguez Buzón. De las diferentes cuadrillas de costaleros, el Gordo Penitente, El Quiqui, Tarila, El Seguridad, Manolo Santiago, Rechi, Carabreva. Los ratones con El Fatiga. El Oliva con el Mejo. Segovia, Cerezo, El Balilla, Ariza el viejo, Bejarano. Tolino y El Longui. El Pingüino. Y Rafalito Salvatella. Y Alfonso Carlos Fal. ¿Y de capataz? Macarena de mi arma ¿a quien traes de capataz? Y, preguntando esto último, de la bruma apareció el Padre Leonardo. La que vive junto a la muralla y pasa por el Arco, se quería cambiar con su gente, si quiera una noche. Me desperté sudoroso y reflexioné, sobre la gran fortuna que tenemos en esta Villa y pensé, que si la misma Señora de Sevilla quiere estar aquí, en verdad somos los más privilegiados del mundo. Me fui a la Moleskine y, del tirón, me salió este poemita que quisiera leerles:
Que suerte tener una Madre
a la que colmar de amores.
En tos laos la llaman María:
aquí, simplemente Dolores.
Dolores tiene una Hermana
que vive en la Macarena...
y aunque la llenan de perlas,
aunque la visten de seda,
quisiera estar donde Dolores,
pasear por su querencia,
cruzar el arco de la Plaza
y que le cante Valencia,
aquello de los pinceles,
o si no, otra saeta.
Pero eso no puede ser,
Esperanza, Madre eterna.
No quiere Dolores otra casa,
ni morar entre otras piedras,
ni quiere ver otros balcones,
ni pisar otras callejas.
Dolores es en la Madrugá,
como la luna cuando es llena.
Dolores es del celeste,
como del negro la pena.
Dolores es de Castilleja,
como de Sevilla la Macarena.

El celeste de Castilleja de la Cuesta

En la paleta cromática, aunque en el arco iris no tenga fiel reflejo, no existe un solo tipo de azul. Azules hay, nada menos que ciento once diferentes, según han sido capaces de documentar los expertos. Uno de ellos es nuestro símbolo.
Psicológicamente hablando, significa armonía, simpatía y fidelidad. Es ordenado, sosegado y serio. Es elegante, por eso, protocolariamente, con traje de este color hay que asistir a la gran mayoría de actos. En el vestuario de los gentleman británicos, paradigma de la categoría en el vestir, nunca falta un terno negro, otro gris y otro... azul. Y, el uniforme de gala de la marina ¿de qué color es?
El cielo es celeste y por eso, es el color divino y así se pintan las bóvedas de los lugares sagrados. No solo en nuestra religión: en la Torá, el cielo es el trono de Yahvé y consiste en un zafiro. Por eso, actualmente, la bandera de Israel, patria de los judíos y Jesús de Nazaret lo era, es blanca con una estrella de David... azul. En otras culturas, las máscaras de los faraones egipcios eran azules; el lapizlazuli, su piedra sagrada lo es, e, incluso, Amon, tiene la piel de este color para volar sin ser visto. El hindú Visnú, Khrisna en forma humana, es azul y Rama, igual. Eso sin hablar de la Antigua Roma, que en época de Cristo, tenía a Júpiter, Dios de los cielos y cuyo reino era... azul.
En el rito nupcial inglés, hay que llevar algo nuevo, algo viejo, algo prestado y algo... azul.
En 1858, a Bernardette Soubirous en Lourdes -según afirmó esta niña de catorce años- se le apareció la Virgen María, concretamente vestida de celeste y con una capa blanca.
El Papa Gregorio Magno, antes de fallecer en el 604, promulgó la Ley Suprema de la pintura cristiana. Así, como Diosa celestial, la Virgen aparece en azul ultramarino y con media luna. Como Madre dolorosa, viste de un azul profundo, muy oscuro y cuando lleva manto, este tiene que ser azul, tan grande como sea posible, para extenderse sobre los fieles y ampararlos. Iconografía que respeta fielmente nuestra Hermandad.
Desde el siglo XIII, los mantos de coronación de los Reyes franceses -y nuestros Borbones lo son originariamente- son azules y, en la corte de Luis XIV, vestir un jubón azul bordado de oro y plata, era una concesión especial del mismo Rey, la más preciada, hasta el punto de conocerse ese azul, como el azul real. Aún hoy, pervive una expresión que es, tener sangre azul, que se relaciona con ser de la nobleza.
La tierra es el planeta azul desde que existen fotografías desde el espacio. Las flores que simbolizan la fidelidad -la del cardo, la de la madreselva, la de la verónica y el nomeolvides- .
En Sevilla, tenemos desde el azul Velazquez al azul Murillo, que se especializó en pintar Inmaculadas. Desde el azul Carretería al azul Baratillo. Desde el azul San Esteban al azul Hiniesta.
Y, en otros ámbitos, Deep Blue, la primera computadora que venció a un Gran Maestro de Ajedrez, podía traducirse como "Profunda Azul"; Levi Strauss, inventor de los vaqueros en 1850, los tiñó de azul y, España, se tuvo que vestir de azul para ser Campeona del Mundo de Fútbol en Sudáfrica.
Pero a mi, que quieren que les diga, el azul que más me gusta, el que me parece más original, el más auténtico, es nuestro celeste: el del paraguas de Reyita que sale no cuando llueve sino en Verano, el de los chalecos de Carmela Goncet cuando la graba Canarsú, el de los bocadillos de la Vuelta, el del carro, el de las letras de las bolsas de las Barberas, el de los papelillos, el de los palos y el de las banderas, el de los antifaces de la Virgen, el de los músicos de la Banda, el de los pañuelos de las mujeres del Coro Clásico, el de las corbatas de Narciso cuando sale la Patrona, el de los peroles de las buñoleras, el de los ojos de las amazonas, el de las sudaderas de los costaleros, el de los lunares de los trajes de flamenca, el de la ropa de los niños que se presentan a la Virgen en la Pureza, el de los pasaportes que tienen visado gratuito para ir al arte y al señorío, el de los que somos poquitos pero muy nuestros, el del orgullo, el de la clase, el de los chorreones, el Celeste de la Calle Real. El color de Castilleja de la Cuesta. Se pongan como se pongan y se metan donde se metan.

Romance del Domingo de Resurrección






(1)
Les juro que lo he intentado
pero no hallo explicación.
Les aseguro que la he buscado
pero no encuentro otra argumentación.
Se dirán de qué les hablo
y tendrán toda la razón.
Empezaré por lo primero,
por contarles como es tó,
como descubrí el secreto,
de este milagro chorreón.
Si Sevilla tiene tres días
que brillan más que el Sol,
en Castilleja señoras
y señores, como no,
como somos más pobres
únicamente tenemos dos:
Uno es el de la Pureza
y el otro, cual si no,
el Domingo de la gloria,
el Domingo del fervor,
el Domingo de la gracia,
el Domingo del sabor,
el Domingo de la Vuelta,
el Domingo en que el arte nació,
y en el que el Señor
mandó hacer del mundo,
jolgorio y celebración.
El que cierra con honor,
siete días y todo un año,
de amores y de devoción.
El Domingo de la alegría.
El Domingo del amor,
en el que se pintan las calles
del celeste chorreón:
Domingo de Castilleja
mocitas rematas en flor,
lunares en los vestidos,
cantes y baile a go-go.
Domingo de eterna fiesta,
ala ancha en los sombreros,
camisas almidonadas,
pañuelos anudaos al cuello.
Domingo de Simpecao
paseado con esmero,
por un jinete que tiene
el pelo de terciopelo,
los brazos de fuerte traza,
los ojos como luceros,
en la solapa romero,
y la suerte de pasear
a la que honra to el cielo.
Domingo en que la Señora,
de ensortijados cabellos,
va en busca de su destino
y revuelve todo un pueblo.
Domingo de salero y tronío,
¿lo digo ya o no?
Domingo, el vuestro y el mío:
¡Domingo de Resurrección!

(2)
... Y a la mitad del día,
en que Cristo resucitó,
con repiques de alegría
como marca la tradición.
Miguel Rafael Llorente,
de la misma dinastía,
del mismo honroso blasón
que su padre Juan Llorente,
quien vive ya junto a Dios,
recogerá el Simpecao
y gritará a viva voz:
¡A la gloria chorreones!
¡Viva la que a Jesús bien parió!
¡la que vive en esta casa!
¡la Inmaculada Concepción!
Y entre pétalos y vivas,
gritos y algarabía,
se iniciará la gran Vuelta,
Fiesta Nacional de Andalucía.
Y a caballo como siempre,
desde que Triana enseñó,
que para que el camino sea arte
el paso de equino es superior,
echará a andar la gente,
por calles de su collación.
El aire será diferente,
las palmas y hasta la voz,
y al cantarle sevillanas
con tan excelso candor
el milagro del Domingo,
Domingo de Resurrección,
de la Calle Real y su gente,
se hará presente pa tos.
Muchachas a lomos blancos,
tocadas por el primor,
escoltarán a María,
la que es encanto de Dios,
cada una con una vara,
cada una con un guión.
Y mientras a caballo la llevan
yo te juro, por mi honor,
porque lo han visto mis ojos
que lloraban de emoción,
que no hay júbilo más grande,
ni mayor satisfacción
que verse en medio esta gente,
junto a la Madre de Dios,
con una camisa celeste,
color embriagador,
extasiado ante la suerte
de haber nacío chorreón.

(3)
...A la una de la tarde
de la Plaza sonará el reló.
Bronce de campana seco,
tañido de espera y ardor.
Y por el arco, a buen paso,
la Patrona dirá: ¡aquí estoy yo!
que vengo a enseñar como se hace
pa eso lo inventamos tos
qué es eso de dar la Vuelta,
pues de mi casa salió,
la única centenaria cierta,
la que sirvió de inspiración,
pa que hubiese en Castilleja,
el día de Resurrección,
no una vuelta, si no dos.
Y acampará la gente
rodeando el redondel,
pa que corra el pata negra,
la manzanilla a granel,
pa invitar a una copita
a quien la quiera beber,
a la salud de la niña,
que cuando pasa Triana,
hace que se postren los bueyes
y que se jacte la Cava,
que no hay camino al Rocío,
sin pará a ver la Inmaculada.
Mas pasará inadvertido,
si no prestas atención,
un suceso desconocido,
entre tanta confusión.
Y es que si eres forastero
o no te han dado a conocer,
que el reló tiene sonido
muy breve,
vete a saber por qué,
cuando suene el triste canto,
que marcará con ding dong,
que es la hora de marcharse
y la manija marque el dos.
Cuando el corcel enfile el arco
y tras él, salgamos tos,
con paso dobles sonando,
con ancha satisfacción,
con catavinos en las manos,
con redobles de tambor,
si vuelves la cara a la torre
y miras como miré yo,
verás como llora ¡milagro!
el mecanismo del reló,
que parece que le pide,
que parece que reclama,
que lo saquen de la piedra
y lo lleven,
aunque sea a rastras,
a vivir junto a la mocita,
que pronto será Coronada.

(4)
No consiento que lo llamen
aunque sea realidad,
un ratito bien cortito:
no consiento tal maldad.
La Vuelta dura muy poco
pa to lo que hay que esperar,
tres horitas de un día
y doce meses detrás,
pero el tiempo que transcurre,
mientras Ella está en la calle,
los segundos duran semanas
y se detiene hasta el aire.
Que no existe mejor sitio,
ni mejor ubicación,
que el que eligió el Gran Poder,
pa su Madre Concepción.
Y cuando la Señora entra,
cuando la Señora parte,
cuando Miguel la devuelve,
a la casa de Dios Padre.
No puede haber mejor grito,
no puede haber mejor salve,
que decir a to el gentío:
¡Que tiren al río la llave!
¡Que se ha cerrado pa to un año!
¡La fábrica donde nace el arte!







Inmaculada Concepción Coronada





Se lo ha dicho el busto de Hernán Cortés del Palacio de los Montpensier, al de los Hermanos Reyes que está junto a Cansino el médico y estos, cantando, al gato que está en el techo de la casa de Alfredo, al de La Carboná. El minino ha dado un respingo y por los tejados, maullando, pone son a la cantinela de los dos ferruginosos cantores:
"Que lo sepa todo el pueblo.
Que coronan a la niña,
la de tirabuzones en el pelo".
En los campanarios de la Ermita de Guía, de los Conventos de las Dominicas y de las Irlandesas, de las Iglesias de Nueva Sevilla, de La Plaza y de la Calle Real, los bronces voltean los badajos para que, la buena nueva, sea propagada a los cuatro vientos:
"Que lo sepa todo el globo.
Que Palacio hace justicia,
con una corona de oro".
María Santísima, que en la entrada donde estaba la Venta de Pepillo mosca, recibe a todo aquel que entra en la Capital del Aljarafe, se ha quedado de piedra al saber la noticia. Ni que decir tiene que, desde el Chiquitín "palante", han hecho una cadena y se lo susurran al oído, unos a otros, para que se entere Nuestra Señora de Loreto en su Santuario espartinero:
"Te lo digo porque es cierto.
La Patrona de esta Villa,
estrena el privilegio".
El Monumento del Centenario, el de la mano abierta, se ha puesto más celeste que nunca y la fuente que está en la pared del Embrujo, la de las letras mohosas, ha llorado de alegría. Igualito que bajaban los canastos de las viejas torteras por la trocha, va bajando el clamor por la Cuesta del Caracol:
"El aire ha hecho tres paradas.
La primera en el Carambolo a refrescar la garganta,
la segunda en Coca de la Piñera, a gritárselo a la Vega de Triana.
La última en Pañoleta, para que lo sepan en bodegas y tascas".
El puente de Tomares, que lleva poco ahí puesto, ha dejado pasar el recado que a San Sebastian han puesto y este, se ha quitado las flechas y ha disparado el mensaje hacia todo el universo. Por la carretera vieja de La Higuerita, por la misma senda que cogen las carretas, los Simpecados de Camas, de Triana y de La Macarena llevan entre palmas y cantes, entre aromas de pinares viejos y romeros florecidos, la alegría que van a dejar en Cuatrovitas y en el Rocío, para que la romería sea más festiva este año. El camino del Albajañez servirá para comunicárselo al Cristo de Torrijos. No va a quedar ningún punto cardinal sin informar:
"Y el aire lleva su nombre.
Y el tiempo busca el momento.
Inmaculada, mi madre.
Escucha bien mi lamento:
¡Que espera más larga queda!
¡Cuantos días!
¡Aún tan lejos!
Quisiera empujar mi reló,
hacerlo correr ligero.
Que sea por fin Septiembre
y hacer realidad este sueño.
Que orgullo más grande tengo,
que satisfacción me recorre
desde la piel hacia dentro.
Inmaculada, señora,
de la pureza en su cuerpo.
La que engendró sin pecado,
la que es limpia y madre al tiempo.
Tú ya tienes una corona,
hecha de devoción y rezos.
Tú ya estabas coronada,
por el amor de todo un pueblo.
Tú ya eras la Reina
de Castilleja y del Cielo
y quien negara este hecho,
quien no fuera capaz de verlo,
merece lastima eterna,
por ser el pobrecito tan lelo.
Y como se lee en la Alhambra,
impreso en un azulejo.
Dale limosna mujer,
que no hay en la vida nada,
como la pena de ser ciego,
y no poder ver a la Inmaculada...
coronada."